A la laguna arrojamos el oro que sacamos de la piedra, que fundimos y tallamos con nuestras propias manos. El oro por el que otros desesperan, por el que van a ladrar. Lo arrojamos para que nos hablen los sueños, para que no se fatigue el día y las plantas crezcan en multitud. Para que nos sigan sosteniendo. Lo arrojamos nosotros que podemos, que entendemos. Los va a escandalizar. Se van a hacer preguntas. Detrás de las montañas, date cuenta, algo más que las primeras luces, la tez rugosa del mundo que deja ver el sol. Es la laguna, sentada en el revés del cielo.
Fragmento de Agua suspendida